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Por Lucía Meza- Estudiante UNAJ

En los últimos años, la palabra “juventud” resuena con fuerza en el panorama político. Un discurso con tanto eco que incluso hay quienes responsabilizan a este grupo etario del ascenso de la ultraderecha en la Argentina. Lejos de buscar respuestas a esta disrupción política a partir del análisis de un contexto atravesado por una crisis institucional a escala mundial, el agotamiento del Estado de derecho y un modelo que fue perdiendo capacidad de interpelar la realidad de nuestro pueblo, muchas opiniones simplifican el debate señalando únicamente a las juventudes. Frases como “la juventud está perdida”, “jóvenes eran los de antes”, “por los jóvenes estamos así” o “los jóvenes ahora son de derecha” aparecen cada vez con más frecuencia en el sentido común. 

Lejos de realizar un análisis simplista, este humilde artículo —alejándose tanto de una mirada puramente académica como de los recorridos militantes particulares— busca dar cuenta de las realidades y experiencias de los jóvenes de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. También pretende reflexionar sobre afirmaciones instaladas en el imaginario colectivo, que muchas veces terminan construyendo sentido en nuestra sociedad.

La agenda de las y los jóvenes

Inmersos en una profunda crisis social y económica, resulta imposible que las juventudes no sean uno de los sectores más afectados. Desde la pandemia de COVID-19, las dinámicas sociales se transformaron profundamente: emergieron nuevas problemáticas y se profundizaron otras ya existentes. Las dificultades para incorporarse al mercado laboral —una de las cuestiones más señaladas— crecieron tanto por el acceso cada vez más complejo al primer empleo como por las nuevas dinámicas laborales, atravesadas por el pluriempleo, la informalidad y fenómenos recientes como el auge de los juegos de azar online.

Otra de las problemáticas más relevantes es la salud mental, el ambiente y las dificultades para construir vínculos y lazos comunitarios. Aunque pueda parecer una cuestión más abstracta, resulta profundamente significativa. Sobre estas temáticas hubo pocas —o incluso nulas— políticas públicas capaces de responder a las nuevas demandas que comenzaron a ocupar un lugar central en la agenda de prioridades de las juventudes, golpeadas aún más desde 2023, cuando la situación social y económica se agravó con el inicio del gobierno de Javier Milei.

Pero no todo está perdido, a lo largo y ancho del país observamos múltiples expresiones colectivas de jóvenes que ponen el cuerpo, se organizan y buscan dar respuesta a estas demandas desde abajo, a pulmón y con enorme compromiso. Las universidades son una expresión clara de ello. Citando a Boaventura de Sousa Santos: “La universidad puede ser un campo donde realmente se puede pensar cómo articular la resistencia y por eso es un blanco del neoliberalismo”. Nuestra casa de estudios es ejemplo de eso.

¿Qué hacen los jóvenes? La experiencia jauretcheana

Desde un inicio, las universidades y el movimiento estudiantil tuvieron históricamente un rol preponderante en la vida política, social y cultural de la Argentina. La Reforma Universitaria de 1918, nacida en Córdoba, tuvo como objetivo democratizar la educación superior y romper con las estructuras elitistas y conservadoras heredadas de la etapa colonial. Aquella gesta marcó un punto de inflexión en la historia universitaria argentina, ampliando derechos y consolidando principios que aún hoy sostienen a la universidad pública.

Sin embargo, fue el peronismo, a partir de 1946 y especialmente con la gratuidad universitaria decretada en 1949, el que produjo la verdadera masificación del acceso a la educación superior. Miles de hijas e hijos de trabajadores pudieron ingresar por primera vez a las universidades. Ese proceso de movilidad social ascendente transformó profundamente la composición del estudiantado argentino.

No obstante, ese avance material y social no siempre estuvo acompañado por una conciencia política acorde al mismo proceso histórico. Muchas veces se produjo un importante desfasaje entre las oportunidades conquistadas por esos nuevos estudiantes y profesionales y la construcción de una identidad política vinculada a los intereses nacionales y populares.

A partir de 2003 se abrió un nuevo ciclo político que volvió a colocar al Estado como herramienta de ampliación de derechos y desarrollo nacional. Ese cambio impactó de manera decisiva en las universidades públicas: aumentó significativamente el presupuesto universitario, se impulsaron políticas científicas y de extensión, se crearon nuevas universidades nacionales y se incorporaron a la educación superior sectores históricamente excluidos.

En ese contexto nació la UNAJ, junto a muchas otras universidades del Bicentenario. Allí apareció un enorme desafío para quienes soñaron, construyeron y levantaron estas instituciones: garantizar excelencia académica sin perder fidelidad con los sectores sociales. Parafraseando a Ernesto Villanueva, primer rector y rector emérito de la universidad, el gran desafío consistió en que nuestros estudiantes “no sólo sean de una calidad equivalente o superior a la de las demás universidades, sino que además sigan siendo fieles a sus orígenes sociales, a sus familias y al contexto donde nacieron”.

Justamente, con el pasar del tiempo la experiencia de la UNAJ parece haber cumplido con ese desafío, ni más ni menos que crear una “especie nueva”, el “jauretcheano” o “unajense”, un sujeto universitario comprometido con la realidad que lo rodea. Hoy, en la Universidad Nacional Arturo Jauretche, que alberga a más de 30.000 estudiantes y tiene poco más de quince años de historia— se desarrollan múltiples acciones colectivas impulsadas por jóvenes que militan y entregan su tiempo para transformar la realidad de otros estudiantes, ayudándolos a recibirse y cumplir el sueño de convertirse en profesionales.

Desde fines de 2023, las universidades nacionales atraviesan uno de los momentos más complejos de su historia reciente como consecuencia del profundo desfinanciamiento impulsado por el gobierno nacional. Casi de manera inmediata, el sistema universitario público —y particularmente las juventudes militantes y organizadas— pasó a convertirse en uno de los principales blancos discursivos del oficialismo.

En ese enfrentamiento no sólo se buscó recortar recursos económicos indispensables para el funcionamiento de las instituciones, sino también —en nuestra opinión— debilitar uno de los mayores orgullos colectivos de la Argentina: la universidad pública como parte constitutiva de nuestra identidad nacional, de nuestra movilidad social y de nuestra vida democrática.

En ese contexto, el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) advirtió durante 2024 sobre la grave crisis presupuestaria que atraviesan las universidades públicas, señalando que la falta de actualización de recursos pone en riesgo su normal funcionamiento. Asimismo, reclamó recomposición salarial, actualización de gastos de funcionamiento y continuidad de las políticas de ciencia, extensión y becas, reafirmando el carácter estratégico de la universidad pública para el desarrollo nacional y la inclusión social.

En ese escenario de conflicto, el rol del estudiantado no pasó desapercibido. Fueron miles y millones de jóvenes quienes salieron a defender la educación pública en todo el país. En el caso de nuestra casa de estudios, protagonizaron una verdadera marea humana de estudiantes provenientes de Quilmes, Florencio Varela y Berazategui que, con entusiasmo, pero también con miedos e incertidumbres, participaron de sus primeras movilizaciones, y muchos apenas alcanzaban la mayoría de edad.

Con ese mismo ímpetu, en octubre de 2024, ante una nueva embestida del gobierno contra las universidades, fueron las y los jóvenes quienes organizaron una histórica vigilia en la UNAJ, sin precedentes en nuestro sistema universitario. En medio de tanto individualismo, construyeron una comunidad. La frase “el amor vence al odio” se sentía en cada rincón del imponente Salón de los Pasos Perdidos (salón emblemático de la sede central universitaria, de los ex Laboratorios de Investigación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, YPF), donde poco a poco comenzaron a acercarse docentes, nodocentes, graduados, familiares y vecinos que probablemente recorrían esos pasillos por primera vez para compartir, debatir, charlar y, sobre todo, defender nuestra amada universidad. La premisa era simple, pero sólida: frente al odio, organización y solidaridad. Durante esos días, a pesar de las diferencias ideológicas, en las edades o las trayectorias personales, todos parecíamos formar parte de una misma comunión histórica en defensa de la universidad pública.

Ese protagonismo no fue casual. Estuvo atravesado por una semilla plantada por otros jóvenes (y no tan jóvenes) que iniciaron el camino. Pasando por la representación estudiantil, en los centros de estudiantes y ramificando en toda la universidad la fuerte impronta de “abrir puertas”, básicamente de abrazar a quienes se sumaban por primera vez sin juzgar su inexperiencia o su origen. En definitiva, interpelaron, invitaron e hicieron parte a otros, de una lucha colectiva y de un proyecto mucho más grande.

Por otro lado, la situación de las universidades no es ajena a lo que sucede en los barrios, donde sostener la vida cotidiana ya resulta difícil y sostener una carrera universitaria —sobre todo en los sectores populares— es aún más complejo. Sobre este punto vale detenerse: el Gobierno nacional congeló la Beca Progresar, orientada a sostener e incentivar la permanencia y graduación estudiantil, fijando el monto en $35.000 y, además, redujo la cantidad de beneficiarios. En el caso de la UNAJ, los estudiantes alcanzados pasaron de 10.000 a 4.000.

Frente a este escenario desalentador, fueron los propios estudiantes quienes decidieron dar una respuesta mediante becas autofinanciadas para sostener la permanencia de más compañeros. Así fue como, durante el primer cuatrimestre de 2026, lograron otorgar más de 5.500 becas de apuntes. Este ejemplo muestra el compromiso, pero sobre todo el impulso; el mismo impulso que aparece cuando jóvenes de distintas carreras se organizan para brindar clases de apoyo solidarias, talleres gratuitos, servicios comunitarios y muchas otras herramienta,s que hacen posible que miles de estudiantes no abandonen sus carreras.

Son ese motor que, en tiempos de profunda crisis y desintegración social, logran marcar la diferencia. Porque a veces, detrás de un saludo, una visita, una duda, una beca, un taller de formación, puede esconderse la única respuesta política concreta que alguien encuentre. Ese es un punto clave. A pesar de las dificultades del contexto y de lo desacreditada que, muchas veces aparece la “política” en el ojo público, hay jóvenes que todavía vuelven a enamorarse de la organización y de lo colectivo. La experiencia demuestra cómo, a través de la organización, muchos decidieron involucrarse políticamente para dar respuesta a problemáticas que ya no podían esperar.

Al observar el trabajo de la Federación Estudiantil de la Universidad Nacional Arturo Jauretche —como sucede también en muchas otras universidades— vemos jóvenes que no deciden mirar hacia otro lado, sino involucrarse. Detrás de cada actividad hay trabajo, dedicación y militancia de miles de pibes que buscan transformar la realidad.

Y aquí aparece otro interrogante: ¿cómo se genera este fenómeno?, ¿no era que los jóvenes rechazan la política? Seguramente haya que realizar análisis más profundos sobre las razones y particularidades por las cuales las renovaciones generacionales muchas veces cuestan, así como también sobre las formas de interpelar. Y ahí aparece nuevamente una palabra central: interpelar.

Mientras suele afirmarse que a los jóvenes “no les interesa el otro”, la experiencia de las juventudes en la UNAJ muestra un grupo profundamente comprometido con la realidad social. Jóvenes organizados que retoman agendas y salen a frenar embestidas contra el ambiente —como los intentos de avanzar sobre la Ley de Glaciares—, que acompañan la lucha del colectivo de discapacidad frente al avasallamiento de derechos y los recortes en salud y que, también, se organizan frente a políticas que afectan programas esenciales.

Además, observamos nuevas formas de autoorganización: abrir puertas, construir maneras distintas de convocar e interpelar. Y allí, quizás, esté una de las claves. Este gran colectivo observa e interpela sin juzgar, acompañando e invitando a todos a construir una universidad mejor.

Nada grande se puede hacer con la tristeza

Muchas veces,subestimamos la tarea de quienes, incluso en un contexto profundamente desfavorable, todavía creen en la política, se organizan e intentan construir comunidad todos los días. Basta con mirar a nuestro alrededor y revisar las experiencias de las juventudes para comprender que no abandonaron las banderas; simplemente hace falta quitarnos las anteojeras, escucharles e invitarles a formar parte de algo más grande.

Tal vez el gran desafío que tenemos como sociedad sea justamente ese: abandonar los prejuicios que no nos permiten ver la realidad ni interpelarla. Entender que nuestro mayor aporte puede ser abrir caminos, escuchar, no juzgar e invitar a las nuevas generaciones a convertirse en el verdadero punto de inflexión.

A pocos días de una nueva Marcha Universitaria, que buscará nuevamente exigir el cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario, no caben dudas de que volverán a ser los sectores juveniles, militantes y estudiantiles jóvenes, los militantes y los estudiantes quienes protagonizarán otra marea humana histórica. Y quizás entonces podamos ver, finalmente, que el futuro siempre estuvo ahí, frente a nuestros ojos.

Porque en un momento de tanta embestida contra aquello que nos enorgullece como país y como jóvenes, resulta imposible no retomar como propia la frase de Arturo Jauretche que marca un horizonte: “El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”.

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