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Por Sergio De Piero y  Matías Triguboff – Instituto de Ciencias Sociales y Administración. UNAJ

Desde el hito disruptivo de la pandemia del COVID-19, pero con raíces que se extienden hacia la década previa, la Ciencia Política ha puesto el foco en un fenómeno inquietante: el progresivo desapego de las juventudes respecto al sistema democrático. Este alejamiento no se manifiesta únicamente como una apatía electoral, sino como una crisis de sentido sobre el rol que el ciudadano —y específicamente el joven— ocupa dentro del entramado institucional. En las siguientes líneas, nos proponemos reflexionar sobre la magnitud de esta crisis, entendiéndola, no como un final, sino como una transformación profunda en la cultura política argentina.

¿Cuál crisis?

El término crisis se ha vuelto recurrente en nuestro lenguaje político, lo cual lleva a la situación que la palabra termine significando muchas cosas diversas y en definitiva pierda la idea que quiere transmitir. Etimológicamente, krisis remite a una separación o discernimiento; marca un punto de inflexión, una mutación que no necesariamente conlleva la extinción de algo, sino su transformación.

En la historia política argentina, la democracia ha sido un proceso de crisis recurrente. Desde su génesis bajo un modelo elitista (es decir participación restringida), luego de largas luchas pudo ampliar a la participación al conjunto de los varones (1916) y a las mujeres (1948). Esas conquistas, entre otras, convivieron con periodos de inestabilidad institucional producto de golpes militares (1930-1983), ello produjo que el sistema democrático viviera bajo un “tutelaje” de actores no democráticos que impedían su consolidación. Con el final de la última dictadura en 1983, se inició un ciclo de más de 40 años de estabilidad del régimen  democrático. A pesar de esta consolidación histórica, vuelve a  mencionarse que la democracia argentina sufre una nueva crisis. Esta, no es de supervivencia frente al autoritarismo clásico como ocurrió durante el siglo XX, sino una crisis de legitimidad y eficacia dentro del propio modelo ya consolidado. De allí que sus características sean muy distintas. 

Para comprender este desencanto, la literatura politológica contemporánea sugiere tres ejes explicativos fundamentales:

  1. Responsabilidad de las elites: el comportamiento de los sectores dirigentes que, en ocasiones, han facilitado el ascenso de liderazgos de rasgos iliberales, desafiando las normas de convivencia democrática.
  2. Deterioro socioeconómico: la persistencia de la pobreza estructural y la precarización laboral erosionan el “contrato social”. El incumplimiento de las promesas de bienestar material afecta directamente la valoración del régimen.
  3. Mutación axiológica: un cambio en los valores colectivos donde la libertad individual y la inmediatez comienzan a primar sobre las nociones tradicionales de comunidad y construcción institucional.

Las generaciones frente a las crisis de la democracia

Nos interesa analizar cómo estos ciclos se entrelazan con los relevos generacionales, puesto que entendemos que existe una correlación directa entre las disrupciones tecnológicas y las transformaciones en la subjetividad política. Veamos este aspecto asumiendo que los grupos generacionales, comparten ciertos valores y subjetividades. Utilizamos denominaciones que suelen citarse en diversos artículos y en el lenguaje cotidiano, sabiendo que al interior de estos grupos existen diferencias relevantes. 

Dicho brevemente podemos decir que el primer grupo generacional serían los llamados Baby Boomers (nacidos luego de la Segunda Guerra Mundial y hasta mediados de los 60) crecieron bajo el paradigma del Estado de Bienestar y la industrialización masiva. Por su parte, quienes le siguen la Generación X, (nacidos entre mediados de los 60 y principios de los 80) funcionó como el “puente sociotécnico”, viviendo la transición del mundo analógico al digital y el surgimiento del consenso neoliberal.

Mientras los Millennials (principio de los 80 mediados de los 90) vivieron la eclosión de la globalización y la masificación de internet, la Generación Z —nativos digitales sensu stricto— ha sido moldeada por la volatilidad económica y la hiperconectividad.

En la actualidad, la generación Z o centenials emerge en una post-pandemia donde la frontera entre lo físico y lo digital se ha disuelto bajo el paradigma de la Inteligencia Artificial.

En este contexto, la percepción sobre el régimen democrático ha mutado drásticamente. En 1983, la democracia era un valor sustantivo: un fin en sí mismo tras el trauma dictatorial. La participación se canalizaba a través de los partidos políticos tradicionales como herramientas de transformación.

Sin embargo, a partir de los años noventa y con la consolidación de los Millennials, observamos un desplazamiento hacia el individualismo posmoderno. La desilusión ante la falta de resultados eficaces impactó en la representación política. Para el joven contemporáneo, ya no basta con la “democracia procedimental” y las libertades civiles de expresión y asociación, esas dimensiones se viven como incorporadas al sistema, como “naturales”; el énfasis está  puesto en exigir respuestas concretas a demandas de justicia social y estabilidad económica.

En este contexto, Argentina transitó un período de intensa repolitización juvenil entre 2003 y 2015. Antes de avanzar sobre este período es interesante marcar que un fuerte involucramiento de sectores juveniles ya se había producido en otras ocasiones: en 1973 con el retorno de Juan Domingo Perón a la Argentina y en 1983 con la recuperación de la democracia y la candidatura de Raúl Alfonsín. 

Retomamos. Durante el ciclo del kirchnerismo, se produjo un cambio de paradigma: la política volvió a ser percibida por amplios sectores de la juventud como una herramienta de transformación social y no meramente como una gestión administrativa. Este periodo se caracterizó por un aumento exponencial en la militancia orgánica, la creación de nuevas organizaciones juveniles y una épica militante que logró reinsertar al joven en el centro de la escena pública. Paralelamente, mientras el modelo llamado posneoliberal se fue agotando, las jóvenes generaciones posteriores (Z y Alfa) se enfrentaron a las nuevas frustraciones económicas.

En el siglo XXI, la Generación Z ha redefinido la praxis política. La mediación de algoritmos y redes sociales ha exacerbado la polarización afectiva, fomentando un debate intenso pero fragmentado que rechaza sistemáticamente a las instituciones tradicionales. Finalmente, el surgimiento de la Generación Alfa profundiza la demanda de inmediatez. En este escenario, el fenómeno de la erosión democrática se vuelve tangible: la legitimidad del sistema ya no se apoya en la ética o en el origen del poder, sino estrictamente en su eficacia. Si el sistema no provee soluciones rápidas, el desapego hacia el régimen democrático se convierte en una opción cada vez más presente en la agenda social.

Para comprender el alcance de la situación actual, analizamos datos de trabajos recientes. Según la consultora Zuban Córdoba y Asociados (2026), existe un consenso mayoritario pero frágil: el 66,3% de los ciudadanos prefiere la democracia. Sin embargo, un 13,4% manifiesta indiferencia hacia el tipo de régimen.

La brecha aparece al diferenciar entre la democracia como ideal y como ejercicio. Mientras la preferencia sistémica es alta, un 48,6% considera que el funcionamiento actual es “inadecuado”. Este desencanto tiene una dimensión de género: el 48% de los hombres está conforme con el desempeño democrático, frente a un magro 36,7% en las mujeres.

Por otro lado, el estudio de Pulsar UBA (2024) refuerza esta disociación: los argentinos otorgan un 9,3 al valor de vivir en democracia, pero la califican con un 6,6 en su funcionamiento real. Es interesante notar que los más jóvenes (18-23 años) califican la democracia actual con un 6,9, mientras que los adultos mayores (61-99 años) bajan su nota a un 6, sugiriendo que la longevidad en Argentina viene acompañada de una acumulación de desilusiones acumuladas.

Para conocer esta realidad en nuestro territorio, consultamos a jóvenes de la región y en particular a estudiantes de la UNAJ sobre estos temas. En base a nuestro trabajo de campo, observamos que los jóvenes argentinos continúan valorando la democracia y sus procedimientos, especialmente el acto de votar. No obstante, son críticos respecto a los resultados sustantivos: evalúan que el impacto positivo en dimensiones clave como la libertad, la igualdad y la pacificación social ha sido menor al esperado. En este punto, se detecta un hallazgo relevante: las mujeres jóvenes tienden a evaluar estas dimensiones de manera algo más positiva que sus pares varones, sugiriendo una percepción diferenciada sobre los avances en derechos y libertades.

Las lecturas sobre estas cuestiones deben ser siempre prudentes porque hablamos de la realidad social que por definición es cambiante, pero no cabe duda que algunas pistas pueden observarse como cambio respecto de lo que se percibía algunos años atrás. 

Conclusión: De la legitimidad valorativa a la de eficacia

En 1983, la democracia era un valor sustantivo. Se valoraba vivir en democracia. Hoy surge una insatisfacción acerca de cómo se vive en democracia. Emerge un cuestionamiento sobre el tipo de bienestar que ofrece el sistema, sobre si existe un correlativo entre las premisas normativas que la democracia implicaría y la eficacia de la acción política. Tal vez por eso una propuesta extrema como la de Javier Milei (la motosierra para destruir el Estado desde adentro) convocó a una mayoría electoral en 2023. De todos modos en esas percepciones no hay aún consenso. Según pudimos ver a través de diversos estudios, los grupos etarios no comparten la misma visión, aunque en algunos temas si se observa una convergencia. Del mismo modo se nota miradas distintas entre hombres y mujeres respecto de la intensidad de la crisis. Es curioso que, en medio de una revolución tecnológica, la distinción de edades y de sexo, siga marcando en profundidad la construcción de las subjetividades políticas. 

En cuanto a las prácticas, nuestra experiencia en la UNAJ y en colegios secundarios de Florencio Varela, ha sido enriquecedora. Durante 2024 y 2025, realizamos talleres sobre participación y ejercicio de la ciudadanía. Allí surgieron inmediatamente temas de la vida cotidiana vinculados a la cuestión socioeconómica, pero también las inquietudes en relación al futuro, como así también en lo que hace a las relaciones de convivencia. En ese sentido, la presencia de la propia universidad, es percibida en el territorio como un referente a la hora de generar certidumbre sobre el futuro. Es decir este no se percibe en forma abstracta, sino respecto a oportunidades y caminos; es en esos puntos específicos en los que también se evalúa la democracia. 

 

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