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Por María Laura Eberhardt (CONICET UBA/UNAJ), Laura Graciela Saavedra (FLACSO.UNAJ/UNPAZ) y Leonardo Pucheta (UNAJ/UNPAZ) 


¿Cómo participan hoy las juventudes en territorios vulnerabilizados de Florencio Varela? A partir del proyecto de Vinculación de la UNAJ “La Ciudadanía del siglo XXI”, y de dos grupos focales realizados en 2024, ponemos el foco en los y las jóvenes para explorar cómo entienden la democracia, qué sentidos le asignan y de qué manera construyen participación entre redes sociales, acciones barriales y espacios íntimos. Además, reflexionamos sobre por qué es importante que la universidad aborde estas cuestiones vinculadas a las juventudes y los territorios.


Democracia y participación para las juventudes varelenses

¿Qué significa la democracia para las y los jóvenes del conurbano sur? ¿Cómo se ejerce la ciudadanía en tiempos de pantallas, redes sociales y realidades territoriales complejas? Estas preguntas no surgieron en un laboratorio de investigación, sino al calor del intercambio sostenido en Florencio Varela. Este trabajo es el resultado de una trayectoria que cruza intervención, docencia e investigación, impulsada desde 2020 por el Proyecto de Vinculación Territorial de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ) “La Ciudadanía del siglo XXI. Talleres para la promoción ciudadana”.

A través de más de 18 talleres —tanto presenciales como virtuales— que han convocado a un promedio de 40 personas por encuentro, la universidad, las organizaciones educativas y la comunidad varelense construimos un espacio vivo de formación y debate. En ese ida y vuelta horizontal emergieron relatos, vivencias y saberes juveniles que demandaban ser escuchados y analizados con detenimiento. El acercamiento a las juventudes del territorio siempre nos desafía en un doble sentido: nos permite relevar opiniones y significados novedosos, y a la vez, nos invita a repensar en conjunto cómo intervenir en la cosa pública y hacer oír las propias voces.

Florencio Varela, como parte activa del Conurbano Bonaerense y del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), constituye un escenario fundamental para comprender cómo los sectores socialmente vulnerabilizados construyen el sentido de la democracia. Son precisamente las juventudes de este territorio quienes experimentan con mayor intensidad las desigualdades estructurales, las barreras de la exclusión y la desconfianza en las instituciones. Sin embargo, lejos de la apatía, sus experiencias nos muestran formas alternativas de habitar lo público. Incorporar sus miradas es una tarea urgente para construir una democracia verdaderamente inclusiva, rompiendo con la lógica de que solo los sectores más favorecidos cuentan con los recursos para incidir en la agenda social.

En las siguientes páginas, el artículo recupera esos saberes producidos en el cruce entre la práctica territorial y el diálogo en los talleres, asumiendo a la vinculación universitaria no como una mera extensión de contenidos, sino como un espacio potente de producción de conocimiento situado. A partir del cruce de estas vivencias con las herramientas analíticas de las ciencias sociales y el análisis de dos grupos focales realizados en 2024, invitamos a recorrer un mapa de las prácticas juveniles actuales, donde las modalidades clásicas de participación se entrelazan con formas emergentes que desafían lo conocido.

Sentidos de la participación: encuadre conceptual y metodológico

La participación política juvenil en Argentina ha sido abordada históricamente desde dos miradas predominantes: aquella que asocia a las juventudes con el activismo y la militancia, y aquella que enfatiza el desencanto hacia las instituciones democráticas. Estas perspectivas, sin embargo, tienden a simplificar un fenómeno mucho más complejo y dinámico, especialmente en territorios atravesados por desigualdades estructurales.

En este marco, más que replicar una discusión abstracta de escritorio, proponemos una reflexión situada que surge del diálogo permanente entre el mapa conceptual y la experiencia empírica del Proyecto de Vinculación. Es allí, en el cruce entre las aulas y los barrios, donde las definiciones teóricas tradicionales entran en tensión directa con el territorio. Mientras la ciencia política clásica suele encasillar las prácticas en categorías rígidas —restringiendo la participación al voto, la militancia partidaria organizada, la protesta o las interacciones digitales—, la realidad varelense desborda por completo estos límites preestablecidos.

El trabajo territorial en Florencio Varela demuestra que las métricas e indicadores tradicionales resultan insuficientes para comprender los repertorios juveniles contemporáneos. La cotidianeidad de los barrios populares revela que la ciudadanía del siglo XXI se teje en acciones solidarias, dinámicas de organización comunitaria y debates cotidianos de sobremesa que escapan a las estructuras formales. Así, la experiencia en el territorio no se limita a validar o aplicar la teoría existente, sino que la desafía abiertamente, obligando a reescribir y ampliar la noción misma de “lo político” desde las prácticas reales de las juventudes.

Luego, la participación puede ser formal o informal. La primera incluye el voto y los mecanismos de democracia directa; la segunda abarca protestas (negativa) o acciones colectivas resolutivas (positiva). Actualmente debe incorporarse la participación digital. Algunos autores diferencian participación política y social; aquí se sostiene que muchas acciones comunitarias tienen incidencia pública y, por tanto, carácter político.

Para abordar esta complejidad desde el territorio, el estudio empírico desarrollado durante 2024 adoptó un diseño metodológico dinámico, orientado a mostrar de manera directa la “cocina” del trabajo. En el marco de los talleres de ciudadanía del Proyecto de Vinculación, la estrategia central se basó en la realización de dos grupos focales con jóvenes de 18 a 30 años: un grupo de estudiantes de la UNAJ segmentado por género, y otro de estudiantes de nivel superior de otras instituciones. Ambos espacios estuvieron integrados por jóvenes provenientes de sectores trabajadores, cuyos hogares se sostienen mediante ocupaciones manuales, de oficios o de servicios. A través de una coordinación enfocada en el diálogo colectivo, se utilizó una guía sustentada sobre dos dimensiones centrales de la investigación: la participación política (vinculada a la participación ciudadana electoral, en instituciones y a través de vías informales) y la democracia (ligada a conceptos como derechos, Estado y libertad). En forma coherente con el enfoque participativo del proyecto, esta decisión metodológica resultó fundamental para dar validez al conocimiento situado que se produce. Más que recabar datos técnicos, la herramienta de grupos focales se erigió como la estrategia idónea que nos permitió captar las tensiones, emocionalidades y procesos argumentativos de las juventudes. Las sesiones fueron grabadas, transcritas y analizadas por codificación temática.

Cartografías de la participación: tensiones, discursos y prácticas de las juventudes

El análisis de cada uno de los encuentros permitió identificar una serie de particularidades vinculadas a las diversas formas de participación, sobre todo, a la participación no electoral, la participación no institucionalizada y la participación digital, así como también a la manera en que intervienen la perspectiva de género y las distintas motivaciones y obstáculos que inciden en el ejercicio de la participación política. 

En términos generales, entre los motivos que estimulan la participación política, varios/as jóvenes sugirieron cuestiones valoradas en forma negativa: “muchos van a una marcha porque se les paga”, “hay quienes piensan que los que militan son vagos”. Sin embargo, estos jóvenes también mencionaron razones positivas: “las ideas que te movilizan”, “la convicción”, “el querer aportar a tu localidad”, “contar con tiempo y saberlo administrar”. No obstante, también se pusieron sobre la mesa los obstáculos a la participación, como la falta de tiempo y organización, de interés o de información.

Además, en lo que hace al género se observa que las mujeres participan más en iniciativas feministas; mientras que más varones jóvenes adhieren a discursos de derecha y rechazan los cambios en materia de género y diversidad sexual. En efecto, en los relatos emerge una tendencia al apoyo o simpatía por el presidente Javier Milei, sobre todo, en varones jóvenes de 18 a 24 años. Según Calvo y otros (2024), ser hombre y menor de 25 años es hoy en Argentina un muy buen predictor de conservadurismo. La cuestión de género también aparece marcadamente entre las mujeres jóvenes: varias de las entrevistadas mencionan como ejemplo de participación política no institucionalizada negativa a la marcha del 8M, la “del día de la mujer”. 

Como resultados concretos se observa, en primer lugar, una asociación directa de la participación política con la participación institucionalizada electoral (estatal), como el voto para elegir representantes y la actividad partidaria, pilares de la democracia representativa. Esta centralidad del voto aparece reforzada por su carácter obligatorio y por su fuerte dimensión simbólica como rito cívico, aspecto que fue recurrentemente debatido en los talleres de ciudadanía.

La centralidad de lo electoral no se agota en el voto ciudadano; se extiende también hacia ámbitos cotidianos para estas juventudes, como el voto en los centros de estudiantes universitarios. Sin embargo, es interesante notar una paradoja: mientras que las instituciones estudiantiles son reconocidas, las juventudes muestran un fuerte distanciamiento respecto a los mecanismos formales de la democracia participativa (como los presupuestos participativos o los referéndums). Frente a este vacío de la política institucional no electoral, la verdadera novedad emerge desde el propio territorio. Allí, las acciones ligadas a proyectos de voluntariado y vinculación universitaria de la UNAJ cobran un sentido vital, siendo reconocidas por los jóvenes como formas concretas, colectivas y valiosas de transformación pública. Este hallazgo demuestra que la vinculación universitaria opera como un dispositivo de transformación política y subjetiva en los propios jóvenes del territorio, configurando nuevas maneras de habitar lo público y lo comunitario. En este mismo escenario, la militancia en organizaciones comunitarias aparece como otra expresión clave de la participación institucionalizada no electoral. Aunque ciertas perspectivas teóricas tienden a encasillar este activismo bajo la etiqueta de participación “no política” o meramente social, la experiencia situada demuestra que estas prácticas asumen un carácter nítidamente político al disputar el sentido de lo común.

Otro patrón observado es la fuerte presencia de la participación política no institucionalizada, y, sobre todo, la positiva: una participación resolutiva de problemáticas comunes, como las barriales, vía decisiones de los afectados. Estas prácticas fueron traídas a los talleres de ciudadanía como participación política, aún no estando inscriptas en organizaciones formales. A diferencia de la participación no institucionalizada negativa (protesta social), la positiva es una forma de las últimas décadas, asociada al siglo XXI. Puede llevarse a cabo no sólo a partir de acciones colectivas (como un festival solidario por alguna catástrofe), sino, también, individuales. 

Lo curioso es que hasta el momento se tendía a pensar que la participación política era pública no solo por desarrollarse en el ámbito de lo común sino también por convocar en su realización a otros miembros de la sociedad. En cambio, la participación individual quedaba históricamente asociada al ámbito privado, de la sociedad civil o el mercado.

Luego, la participación no institucionalizada positiva colectiva, más clásica o conocida, también aparece en la palabra de las juventudes entrevistadas. Son acciones no cristalizadas, espontáneas, que suelen surgir frente a una necesidad o evento puntual, involucran el hacer coordinado de un conjunto de personas (por lo general, las afectadas) y se disuelven una vez resuelto el problema. Dentro de la participación política no institucionalizada positiva colectiva, otro ejemplo muy citado fueron los aplausos de gratitud dirigidos al personal de salud en los barrios durante la pandemia.

Siguiendo con la participación política no institucionalizada, encontramos también ejemplos del tipo “negativo” (protesta social): el acceso a vías espontáneas e informales de expresión que permiten manifestar algún reclamo, como las movilizaciones o marchas para pedir por derechos vinculados a la educación, la jubilación, etc.

Concluyendo con esta participación política no institucionalizada, favorita entre las juventudes entrevistadas, se hace presente en forma repetida una nueva modalidad, vinculada con la vida cotidiana familiar. Dicha modalidad consiste en el diálogo y/o debate sobre temas políticos dentro del círculo íntimo o de los más allegados. 

También dentro de la participación política no institucionalizada aparece en las respuestas la participación digital, en mayor medida en los discursos de la cohorte etaria de 18 a 24. Se refiere a una participación no institucionalizada en la medida en que no se define por canalizarse a través de organizaciones constituidas, ya sean políticas (como un partido) o civiles (como un sindicato u ONG), sino por el medio empleado para viabilizarla: redes sociales, correos electrónicos, plataformas digitales, etc. Tratándose de una participación política, el contenido de la comunicación tiene que ver con la cosa pública, cuyo ámbito de gestión o resolución es el Estado (instituciones, gobernantes). 

En efecto, el uso de redes sociales (sobre todo Instagram, YouTube y Tiktok) y de plataformas digitales como canales de expresión política fue un tema central tanto en los grupos focales como en los talleres de reflexión del proyecto, donde se discutieron sus potencialidades, límites y riesgos. En términos de potencialidades, se destacó su capacidad para amplificar voces, facilitar el acceso a la información y habilitar formas de participación más horizontales e inmediatas; sin embargo, también se señalaron límites vinculados a la superficialidad de los intercambios, la fragmentación de los debates y las desigualdades en el acceso y en las competencias digitales. Por último, se identificaron riesgos asociados a la desinformación, las fuentes falsas o no corroboradas, la circulación de discursos de odio, la polarización y las lógicas algorítmicas que tienden a reforzar burbujas de opinión, condicionando las formas en que las juventudes se informan, se expresan y se vinculan con lo político.

A modo de cierre: repensar la democracia desde las juventudes y el territorio

Este artículo indaga en las concepciones que las juventudes de un área postergada del sur del conurbano bonaerense, Florencio Varela, construyen sobre la participación política, sus formas y finalidades, en el marco del proyecto de vinculación “La Ciudadanía del Siglo XXI”. A través de una mirada de conjunto, los hallazgos revelan la emergencia de un “nuevo repertorio” juvenil que cruza de manera compleja lo digital, lo barrial y lo íntimo. Si bien persiste una identificación de la política con los canales institucionales y el voto —acompañada por un marcado desencanto hacia la militancia tradicional que varía según el género y las franjas etarias—, estas lógicas conviven con modos no formales de acción. El activismo en redes sociales, el debate en el ámbito familiar y las prácticas colectivas orientadas a resolver problemáticas locales configuran una participación fragmentada pero activa. Este escenario tensiona y desafía las concepciones tradicionales de la democracia representativa, evidenciando que el distanciamiento de las estructuras clásicas no implica desinterés, sino una resignificación de las prácticas ciudadanas cotidianas.

Precisamente porque las juventudes participan de estas formas nuevas, fragmentadas y complejas, se vuelve indispensable que la Universidad habite el territorio para producir conocimiento situado. La experiencia del proyecto “La Ciudadanía del Siglo XXI” evidencia que los procesos de vinculación territorial universitaria constituyen espacios de producción conjunta de saberes entre universidad y comunidad. Lejos de una lógica unilateral de transferencia, la articulación entre aulas y territorio permite comprender de manera situada las transformaciones sociales y contribuir, desde la interacción, a la resolución de problemáticas locales. De este modo, el trabajo territorial no solo evita el aislamiento académico, sino que se consolida como una fuerte propuesta político-pedagógica que abona a la construcción de una Universidad comprometida con las demandas reales de su entorno.

 

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