Editorial - Por María Laura Eberhardt

Por Mariana Pilla y Santiago Espinola – Dirección de Vinculación Educativa. Secretaría de Política y Territorio UNAJ
Hay algo que suele repetirse cuando se habla del paso de la secundaria a la universidad: charlas informativas, recorridas breves, presentaciones de carreras. Instancias valiosas, sin duda, pero que muchas veces dejan intacta una distancia difícil de nombrar. Porque el problema no es solo la información. Es la experiencia.
¿Te acordás cuáles fueron aquellas en las que empezaste a imaginar la posibilidad de formar parte de la universidad?…Detené un momento la lectura e intenta recordarlas.
Durante los meses de septiembre, octubre y noviembre de 2025, una propuesta impulsada desde la Secretaría de Política y Territorio de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ), en articulación con escuelas secundarias de la región, intentó ensayar una respuesta distinta a estas preguntas. En el marco de Aulas Expandidas, se desarrolló una experiencia que no buscó simplemente acercar la universidad, sino hacerla vivible. No se trató de contar cómo es la universidad. Se trató de empezar a vivirla.
No alcanza con explicar
En muchos casos, las estrategias tradicionales parten de una suposición: que el problema es la falta de información. Entonces se responde con más información.Pero hay algo que ahí no termina de resolverse. Podés saber qué carreras existen, cuánto dura una cursada, cómo es un plan de estudios, cuál es su salida laboral… y aún así sentir que ese mundo no es para vos. Desde esta experiencia, la apuesta fue otra: desplazar el eje desde la explicación hacia la vivencia.
Proponer un acercamiento sostenido en el tiempo, con encuentros, recorridas, actividades e intercambios. Generar condiciones para que la universidad deje de ser un escenario imaginado y pase a ser un espacio practicado. Porque, en definitiva, no se nace sabiendo habitar la universidad. Ese saber se construye.
Hacer lugar
Una de las claves de la propuesta fue abrir la universidad no como institución que recibe, sino como espacio que se deja habitar. Los estudiantes no solo visitaron la universidad: la recorrieron, participaron de talleres, entraron a aulas y laboratorios, conversaron con estudiantes avanzados, registraron experiencias, produjeron materiales. Parece simple, pero no lo es.
En un contexto donde gran parte de las experiencias están mediadas por pantallas, donde la información circula de manera fragmentada y acelerada, generar situaciones de encuentro sostenido tiene otro valor.
Como señala Franco Berardi, filosofo italiano, vivimos en una “infósfera” donde la sobrecarga de estímulos reduce el tiempo de elaboración y afecta la forma en que nos vinculamos con los otros y con el conocimiento. En ese marco, producir experiencias donde algo pueda ser vivido —y no solo consumido— se vuelve central.
Del tránsito a la experiencia
Tener una experiencia implica tiempo, repetición, vínculo, reconocimiento, por eso la propuesta no se organizó como un evento aislado, sino como un recorrido sostenido que combinó dos grandes ejes de trabajo, distintos pero complementarios.
Por un lado, un eje centrado en la vinculación con la vida universitaria, que incluyó los encuentros de vinculación, las propuestas de orientación, y las actividades culturales y deportivas.
En estos espacios, los estudiantes trabajaron sobre problemáticas de sus barrios a partir de mapeos colectivos, donde identificaron situaciones, discutieron interpretaciones y pensaron posibles formas de intervención. Al mismo tiempo, participaron de talleres coordinados por estudiantes avanzados, donde pudieron conocer trayectorias reales, intercambiar experiencias y hacer preguntas sobre la vida universitaria.
Las actividades culturales y deportivas ampliaron esa experiencia, mostrando que la universidad no es solo un lugar de estudio, sino también un espacio de encuentro, expresión y construcción colectiva. En conjunto, este eje les permitió empezar a habitar la universidad desde múltiples dimensiones, más allá de lo estrictamente académico.
Por otro lado, el eje de ciudadanía en diálogo propuso abordajes de temáticas vinculadas a la Educación Sexual Integral y la Educación Ambiental Integral, pero desde una lógica que se aleja de la transmisión de contenidos cerrados.
El punto de partida fueron escenas cotidianas: situaciones vividas en la escuela, en el barrio, en los vínculos entre pares. A partir de ahí, se abrieron espacios de intercambio donde circularon preguntas, posiciones y experiencias diversas. En estos espacios, el cuerpo tuvo un lugar central.
No solo como tema —en relación con la ESI— sino como presencia en el encuentro: en la escucha, en la palabra, en las incomodidades, en las formas de estar con otros. Lo mismo ocurrió con las problemáticas ambientales, que fueron abordadas no como contenidos abstractos, sino como cuestiones que atraviesan la vida cotidiana y los territorios.
En algunos casos, estos intercambios derivaron en la elaboración de nuevos mapeos colectivos, donde los estudiantes pudieron volver sobre sus barrios incorporando dimensiones vinculadas a los cuidados, los vínculos y el ambiente.
Lo que se puso en juego en este eje no fue solo información, sino algo más complejo:
la posibilidad de pensar(se) con otros, poner el cuerpo en la experiencia y construir sentidos en común.
Ambos ejes se articularon en un mismo recorrido, generando una experiencia que combinó:
- reflexión sobre el territorio
- acercamiento a la vida universitaria
- intercambio entre pares
- producción colectiva
- espacios de expresión y participación
En ese entramado, la universidad empezó a aparecer no solo como lugar de estudio, sino como espacio de vida, de encuentro y de construcción colectiva.
Tomar la palabra
La propuesta incluyó también instancias de producción: escritura de artículos, realización de materiales audiovisuales y elaboración de mapas colectivos.
Los estudiantes pasaron a ser productores de sentido: no solo recibiendo información, sino interpretando, discutiendo y construyendo miradas propias sobre lo que estaban viviendo.
Epígrafe: ¿Cómo fueron sus experiencias vinculadas con la ESI en las escuelas secundarias? Aquí. los/as estudiantes pudieron tomar la palabra y reflexionar en conjunto.
Lo que queda
Los datos muestran que alrededor del 30% de quienes participaron se inscribieron en la universidad al año siguiente. Es un número importante pero quizás lo más relevante no se pueda medir tan fácilmente.
Lo que queda es la experiencia de haber estado ahí, de haber recorrido, preguntado, compartido. De haber, aunque sea por un momento, imaginado que ese lugar también podía ser propio. Y eso no es menor.
Porque muchas veces el acceso a la universidad no se juega solamente en condiciones materiales o en trayectorias escolares, sino también en algo más difícil de nombrar:
la posibilidad de pensarse adentro.
Algunas preguntas que siguen abiertas
La experiencia deja, también, interrogantes para pensar hacia adelante: ¿Cómo sostener en el tiempo este tipo de propuestas? ¿Cómo integrarlas a la planificación de las escuelas?
¿Qué lugar tienen estas experiencias en las políticas educativas en el actual contexto de asfixia presupuestaria?
En un contexto de aceleración, fragmentación y sobrecarga, quizás una de las respuestas posibles esté en recuperar algo que parece simple, pero no lo es: tiempo, encuentro, cuerpo, palabra.
